Salamandra

Bartoli Saxoferratei in primam infortiati partem prælctiones ad inmensum auctæ ...

Grabado xilográfico a dos tintas. Referencia: 4185

Este pequeño réptil de hábitos terrestres ha inspirado a filósofos, naturalistas y poetas antiguos, quienes realizaron descripciones fabulosas que más tarde se transmitieron a los estudiosos de la emblemática durante el siglo XVII.

Duo aduentualia : unum De uita christiana, in quo docte disseritur de octo Beatitudinibus ; secundum, de Inspirationibus Duplex Quadragesimale

Portada con marca tipográfica de Denis Moreau con la divisa “Timentibus Deum nil de est” [Nada hay sobre el temor de Dios], en grabado calcográfico hecho por Melais.

Se decía que el veneno de la salamandra era capaz de envenenar fuentes y manantiales e incluso matar varios hombres a la vez. En algunas ocasiones, también se afirmaba que vivía únicamente del elemento fuego, por lo cual la fuerza de las llamas no podía dañarla, otras veces se señalaba que la salamandra era tan fría que cuando tenía contacto con el fuego lo extinguía totalmente.

Predomina, en suma, la simbología cristiana y ambivalente en torno a la figura de la salamandra, la cual dicta, por un lado, que los cuerpos sólo pueden vivir en el fuego, lo que constituye el símbolo del condenado que sufrirá las llamas eternas del Infierno sin consumirse; por otro, la salamandra tiene la virtud de apagar el fuego, lo que representa el símbolo del justo que gracias a su fe no recibirá del fuego daño alguno, como pretende mostrarse en el ejemplo del sacerdote jesuita misionero en Japón Carlos Spinola (1564-1622) cuyo martirio fue ser quemado a fuego lento.

Imago primi saeculi Societatis Iesu a provincia Flandro-Belgica eiusdem Societatis repraesentata

Emblema dedicado al sacerdote jesuita Carlos Spinola, 1564-1622, misionero martirizado en Japón, en grabado calcográfico de Cornelis Galle, dibujado por Philip Fruytiers, 1610-1666, página 727.

Diversos impresores también han ocupado su figura al estampar la marca de su taller en las portadas, echando mano de otro significado más: el del hombre que persigue la virtud a través de la dificultad, como sugiere por ejemplo el mote “Virtuti sic cedit invidia” (la virtud cede a la envidia), que el impresor Jean Senneton y sus descendientes emplearon